La oficina con vista al río
Martín había conseguido todo lo que durante años creyó que quería: un sueldo alto, bonos generosos y una oficina propia. Lo que no sabía era en qué momento esa seguridad había empezado a pedirle tanto a cambio.
Martín había conseguido todo lo que durante años creyó que quería: un sueldo alto, bonos generosos y una oficina propia. Lo que no sabía era en qué momento esa seguridad había empezado a pedirle tanto a cambio.
Hay trabajos que pagan tan bien que cuesta admitir lo que también descuentan. El problema no empieza con el dinero, sino cuando ya no podemos imaginar una vida sin él.
El problema no siempre es la cantidad de trabajo, sino la distancia entre lo que entregamos cada día y aquello que quisiéramos estar construyendo. Cuando esa distancia se vuelve permanente, el esfuerzo deja de parecer progreso y empieza a sentirse como desgaste.
Durante diez años, Martín fue el primero en llegar y el último en irse. El día que encontró una vieja carpeta olvidada en un cajón, entendió que el cansancio no era lo que más le pesaba.
Hay jornadas largas que dejan orgullo y otras que apenas dejan agotamiento. La diferencia no siempre está en la cantidad de trabajo, sino en lo que ese trabajo está ayudando a construir.