A las siete y cuarto de cada mañana, Martín levantaba la persiana metálica de la imprenta antes de que el barrio terminara de despertarse. Encendía las máquinas, revisaba los pedidos y preparaba café en un jarro abollado que nadie se animaba a tirar. A las ocho llegaban los dos empleados del taller; a las nueve, los clientes con sus urgencias; después, los proveedores, los llamados, las facturas, los errores de diseño, los reclamos por un color que no había salido exactamente como en la pantalla.

Martín tenía cuarenta y seis años y una frase que repetía como quien se ajusta un cinturón: «Hay que aguantar un poco más». La decía cuando su hija Clara le preguntaba si iba a poder verla actuar en la escuela. La decía cuando Elena, su mujer, cenaba sola por tercera noche seguida. La decía también ante el espejo del baño, cuando se sacaba la camisa y descubría que tenía una mancha de tinta azul en el puño y una sombra permanente bajo los ojos. Aguantar un poco más, porque el próximo mes tal vez entraría un contrato grande; porque había que cambiar una máquina; porque no podía aflojar justo ahora.

La imprenta había sido de su padre, aunque Martín nunca la había imaginado como destino. De joven dibujaba afiches para bandas de amigos y pasaba horas discutiendo tipografías, colores y fotos. Quería estudiar diseño, armar un pequeño estudio y elegir proyectos que le interesaran. Pero su padre enfermó antes de tiempo, el alquiler del local vencía y Martín dejó la carpeta de dibujos en un cajón para aprender a presupuestar tarjetas personales, talonarios y folletos de inmobiliarias. Primero fue una solución provisoria. Después, una década entera.

Una tarde de invierno, mientras buscaba una garantía para renovar un crédito, vació el cajón inferior de su escritorio. Debajo de remitos viejos y sobres con presupuestos rechazados, apareció la carpeta negra que no veía desde hacía años. Todavía tenía una etiqueta torcida con su nombre. Martín la abrió sin sentarse. Había bocetos de tapas de discos, un afiche para una obra de teatro independiente, dibujos de vidrieras, anotaciones sobre papeles y una lista de lugares a los que quería escribir. En una hoja, con una letra más joven y apretada, había anotado: «No quiero pasarme la vida imprimiendo cosas que a nadie le importan».

No fue una revelación amable. Martín cerró la carpeta con fuerza y la dejó sobre el escritorio. Afuera, una clienta esperaba mil volantes para anunciar una promoción de colchones. El trabajo no se detuvo porque él hubiera encontrado una frase vieja. Esa noche imprimió hasta casi la una. Mientras la máquina repetía el mismo golpe seco, pensó que acaso había sido un ingrato. La imprenta había pagado útiles, remedios, vacaciones modestas y la cuota del departamento. También había dado empleo a dos personas que confiaban en él. ¿Con qué derecho despreciar lo que sostenía a tantos?

El lunes siguiente, Clara dejó sobre la mesa de la cocina una invitación doblada. Era para una muestra colectiva de la escuela: los alumnos habían armado una pequeña exposición sobre los oficios de sus familias. Ella había dibujado la imprenta. Martín apareció en el dibujo detrás de una máquina enorme, con los brazos largos, la cara apenas visible y un teléfono pegado a la oreja. Al lado, Clara había escrito: «Mi papá hace muchos papeles. Siempre está trabajando para que todo salga bien». Martín leyó la frase dos veces. No había reproche en la letra de su hija. Eso fue lo que más le dolió.

No vendió la imprenta ni hizo un discurso. Al día siguiente llamó a un antiguo cliente, dueño de una librería de barrio, y le propuso algo que nunca antes se había animado a ofrecer: diseñar e imprimir una colección de cuadernos para escritores jóvenes, ilustradores y docentes. El hombre dudó, pero aceptó una tirada pequeña. Martín usó los sábados por la mañana, que antes dedicaba a ponerse al día con pedidos atrasados, para trabajar con artistas locales. Al principio perdió dinero. También tuvo que decir que no a algunos encargos que parecían seguros, pero que exigían noches enteras y no dejaban más que una cifra en la cuenta.

Sus empleados notaron el cambio antes que nadie. Martín seguía trabajando mucho, quizá demasiado para cualquier médico sensato, pero ya no caminaba por el taller como si estuviera siendo perseguido. Colgó en una pared los primeros cuadernos terminados. Uno tenía la tapa ilustrada por una chica de diecinueve años que nunca había visto una imprenta por dentro. Otro llevaba poemas de un profesor jubilado del barrio. Cuando alguien preguntaba por qué se demoraba tanto en elegir un papel, Martín ya no contestaba «porque el cliente lo pidió». Decía: «Porque quiero que esto dure».

Años después, alguien que conoció la historia me dijo que Martín nunca dejó de abrir la persiana temprano. Tampoco se volvió rico ni recuperó el tiempo perdido. Pero la carpeta negra dejó de estar escondida en el cajón. La apoyó sobre una repisa, junto a los primeros cuadernos. Tal vez comprendió que el problema no era el esfuerzo, sino vivir sin reconocer en qué estaba dejando su vida.