Se ha instalado una idea bastante cómoda para quienes organizan el trabajo de otros: si alguien termina exhausto, habrá sido una jornada productiva. El cansancio funciona como comprobante. Ocho, diez o doce horas ocupadas parecen suficientes para justificar el día.
Pero el cuerpo puede estar cansado por muchas razones. También se cansa quien corre en círculos.
Trabajar mucho no es necesariamente un problema. Hay épocas que exigen más, proyectos que entusiasman, responsabilidades que no admiten piloto automático. El esfuerzo intenso puede incluso tener una clase particular de alegría: la de mirar algo terminado y reconocer que uno puso una parte importante de sí mismo allí.
El desgaste aparece cuando esa energía no encuentra destino. Cuando las horas se van en urgencias que vuelven a nacer al día siguiente, en tareas que nadie recuerda, en metas ajenas que uno ya no logra entender. Se responde todo, se resuelve bastante, se llega tarde a casa; sin embargo, al mirar el mes, el año o la propia vida laboral, cuesta señalar qué se ha construido.
No siempre hace falta renunciar, mudarse a una montaña o convertir una afición en empresa para recuperar sentido. A veces el problema es menos dramático y más incómodo: nunca se hizo la pregunta. Se aceptó que avanzar era tener más reuniones, más clientes, más responsabilidades, más mensajes sin leer. Se confundió movimiento con dirección.
Conviene revisar qué se está comprando con el propio esfuerzo. Puede ser estabilidad, aprendizaje, independencia, tiempo futuro, una obra bien hecha, la tranquilidad de sostener una familia o el orgullo de dominar un oficio. Ninguna de esas razones es menor. Lo difícil es admitir cuando el precio sigue subiendo y aquello que se recibe ya no importa tanto.
Hay trabajos que no expresan por completo quiénes somos, y no tienen por qué hacerlo. Pedirle a cada empleo una épica personal también puede ser una trampa. Pero sí es razonable esperar que el trabajo no devore, sin explicación, todo lo que consideramos valioso fuera de él.
La pregunta no es solamente cuánto se trabaja. Es si, al repetir esta semana durante años, la vida que resulta se parece en algo a la que uno estaría dispuesto a defender.
Porque la fatiga se tolera mejor cuando tiene sentido. Lo que termina por vaciar no es el esfuerzo: es descubrir que uno ha puesto mucha energía en levantar una escalera apoyada contra la pared equivocada.