A Lucía le gustaba decir que vivía corriendo, aunque casi nunca llegaba tarde a ningún lado. Tenía treinta y seis años, trabajaba desde su departamento como diseñadora y llevaba una lista de asuntos pendientes que parecía reproducirse de noche: responderle a una clienta, llamar a su padre, empezar el curso de ilustración que había pagado seis meses antes, ordenar unos papeles, leer una novela que descansaba boca abajo sobre la mesa de luz. A la mañana abría la computadora con una taza de café y una decisión razonable: durante dos horas no iba a mirar el teléfono. A los siete minutos, sin recordar bien por qué, ya estaba viendo un video de una mujer que restauraba una casa abandonada en Canadá.

No era sólo el teléfono. Mientras diseñaba una etiqueta para una marca de cosmética, entraban mensajes del grupo familiar, un correo con una promoción, una alerta sobre una noticia urgente y dos notificaciones de una red social que no usaba demasiado, salvo cuando necesitaba evitar algo. Cada interrupción parecía pequeña, inocente, incluso útil. Lucía se decía que contestaría rápido, que sólo iba a mirar el titular, que tenía que estar informada, que quizá aquel mensaje era importante. Pero al volver al trabajo sentía una resistencia extraña, como si hubiera dejado abierta la puerta de su cabeza y alguien hubiera entrado a cambiar los muebles de lugar.

La dificultad empezó a notarse en cosas que no podían medirse con una aplicación. Su sobrina Malena, de ocho años, le había pedido ayuda para construir un sistema solar para la escuela. Lucía aceptó encantada. Un sábado se sentaron en el piso del living con cajas, témperas y pelotas de telgopor. Malena explicó con una seriedad conmovedora que Júpiter debía ser grande porque tenía una tormenta que llevaba siglos girando. Lucía escuchó hasta que el teléfono vibró sobre el sillón. Lo miró. Después volvió a vibrar. Cuando levantó los ojos, Malena estaba pintando sola un planeta azul oscuro.

—¿Tía, vos sabés cuál es tu planeta favorito? —preguntó la nena.

Lucía tardó unos segundos en entender la pregunta. Tenía en la pantalla una discusión ajena, interminable y bastante agresiva, entre personas que no conocía. Guardó el teléfono boca abajo.

—No sé —admitió.

Malena siguió pintando.

—El mío es Saturno. Porque tiene anillos, pero no los anda mostrando todo el tiempo.

Lucía se rió, aunque le quedó una molestia en el pecho. Esa noche intentó leer, pero a las tres páginas buscó una frase que alguien había mencionado en un video. Terminó una hora después mirando opiniones sobre una serie que no pensaba ver. Apagó la luz con la sensación habitual de haber estado ocupada sin haber estado en ningún lugar.

Durante años he visto que muchas personas llaman cansancio a lo que, a veces, es dispersión acumulada. No porque les falte voluntad ni porque sean incapaces de concentrarse, sino porque pasan el día atendiendo timbres que otros instalaron. A Lucía nadie tuvo que explicárselo. Lo entendió el lunes siguiente, cuando llegó a su casa y encontró sobre la mesa la maqueta de Malena. Los planetas estaban unidos por un hilo desparejo. Saturno tenía un aro enorme de cartón brillante. Junto al Sol, con letra infantil, había una etiqueta pegada: «Para que no te olvides de mirar».

Al día siguiente no hizo grandes promesas ni desinstaló todas las aplicaciones en un arranque heroico. Hizo algo más incómodo: escribió en una hoja qué cosas quería que recibieran lo mejor de ella. Puso su trabajo, su padre, Malena, el curso de dibujo, la novela, las caminatas sin auriculares y, al final, una palabra que la sorprendió: silencio. Después dejó el teléfono en un cajón durante cuarenta minutos. Los primeros diez fueron irritantes. Sentía el impulso de comprobar algo, aunque no sabía qué. A los veinte minutos empezó un boceto para el curso. A los cuarenta, no había terminado una obra maestra, pero había recuperado una línea que le gustaba y una idea que era suya.

La prueba más difícil llegó dos semanas después. Su padre la llamó un miércoles, mientras Lucía trabajaba. No era una llamada urgente; quería contarle que había encontrado unas fotos viejas de la familia. Lucía estuvo a punto de decirle que hablaban luego. Tenía un encargo atrasado, tres correos sin responder y una alerta parpadeando en la pantalla. Pero recordó el cartel junto al Sol. Cerró la computadora y le pidió que le contara. Escuchó durante veinticinco minutos historias que ya conocía a medias: un tío que silbaba mal, una bicicleta verde, una mudanza bajo la lluvia. Al cortar, los correos seguían allí. También el encargo. La alerta había dejado de importar.

Lucía no se volvió inmune a la distracción. Todavía había tardes en que una búsqueda breve terminaba en un laberinto de publicidad, indignación y videos que no recordaría al día siguiente. Pero empezó a hacer una pregunta antes de tocar la pantalla: «¿Esto merece entrar ahora?». A veces la respuesta era sí. Quería saber de una amiga, leer una noticia, reírse un rato, mirar una receta. El cambio no consistió en vivir desconectada, sino en dejar de tratar cada llamado como una orden.

Un mes más tarde, Malena fue a merendar. Vio el teléfono de Lucía guardado en un estante alto y sonrió con aprobación.

—¿Ya elegiste tu planeta favorito? —preguntó.

Lucía miró la maqueta, que todavía ocupaba un rincón del living.

—Creo que sí —dijo—. El que puedo mirar sin que alguien me apure.

Malena no pareció encontrar aquello particularmente profundo. Le alcanzó una témpera violeta y le pidió ayuda para pintar una luna. Lucía se sentó en el piso. El teléfono no vibró, o quizá vibró varias veces. Por primera vez en mucho tiempo, no tuvo necesidad de averiguarlo.