Cuando Julián alquiló el local de la esquina, todavía había movimiento en el barrio. A la salida de la fábrica pasaban hombres con el mameluco manchado de grasa, madres apuradas con bolsas de pan, chicos que pedían figuritas y caramelos. Él instaló una librería pequeña con fotocopias, artículos escolares y algunos juguetes baratos colgados detrás del mostrador. Su mujer, Marina, pintó a mano un cartel azul que decía “El Rincón”. Julián lo miraba todas las mañanas antes de levantar la persiana y sentía que, por fin, había puesto algo suyo en el mundo.
Los primeros años no fueron fáciles, pero alcanzaban. En marzo vendían cuadernos como si fueran agua; en diciembre, agendas y lapiceras envueltas para regalo. Julián conocía a cada cliente por su nombre. Le fiaba a los vecinos, guardaba las revistas que pedía don Ernesto y tenía un cajón lleno de lápices sueltos para los chicos que llegaban diciendo que habían perdido el suyo. Cuando nació su hija, Abril, él pegó una foto de la bebé junto a la caja registradora. “Para que aprenda lo que es trabajar por algo propio”, decía.
Después cerró la fábrica. No de golpe, sino en etapas: primero redujo turnos, luego despidió gente, finalmente apagó las máquinas. El barrio fue quedándose sin pasos. Abrió una cadena de librerías a diez cuadras, con precios que Julián no podía igualar, y poco más tarde empezaron a vender por internet casi todo lo que él tenía en los estantes. Cada mes entraba menos gente. Sin embargo, Julián no decía que el negocio andaba mal. Decía que estaba atravesando una racha. Vendió el auto para pagar alquileres atrasados. Sacó un préstamo para renovar la vidriera. Aceptó trabajar horas extra haciendo repartos para comprar mercadería que después no salía. Marina le hablaba de números, de deudas, de la posibilidad de buscar un empleo fijo. Él escuchaba con la mandíbula apretada y respondía siempre lo mismo: “Ahora no podemos aflojar”.
La frase fue ocupando toda la casa. No podían aflojar cuando Abril pidió cambiarse a una escuela más cerca porque viajaba dos horas por día. No podían aflojar cuando la heladera empezó a hacer un ruido extraño y siguieron meses comiendo lo que podía conservar. No podían aflojar cuando Marina dejó de atender a sus pacientes de peluquería porque él necesitaba que alguien cubriera el local mientras hacía repartos. Julián ya no volvía a cenar con ellas. Volvía tarde, con olor a calle y a derrota, y revisaba cuentas sobre la mesa mientras su hija hacía la tarea en silencio.
Una noche de invierno, Abril tenía trece años y una presentación importante en la escuela. Debía leer un texto frente a las familias. Le pidió a Julián que fuera. Él lo anotó en una servilleta, junto a los vencimientos de dos pagarés, y prometió que estaría. Pero esa tarde un proveedor le avisó que, si no cancelaba una parte de la deuda, dejaría de entregarle mercadería. Julián pasó horas yendo de un lado a otro para reunir dinero. Cuando llegó a la escuela, las luces del salón ya estaban apagadas. Encontró a Abril sentada con Marina en un banco de la entrada, abrazando una carpeta contra el pecho. No lloraba. Eso fue lo peor.
—No pasa nada, papá —dijo ella, antes de que él pudiera disculparse—. Ya sé que el local te necesita más.
Julián quiso explicarle que no era así, que todo lo hacía por ellas, que estaba a una buena temporada de acomodarse. Pero las palabras le sonaron gastadas incluso antes de salir. Al día siguiente abrió igual. Había llovido fuerte y el techo del local tenía una filtración. Puso tres baldes en el piso, secó cajas de resmas húmedas y encendió la computadora para revisar el banco. Allí vio el saldo: ya no quedaba margen. Durante unos minutos se quedó inmóvil detrás del mostrador, mirando la foto amarillenta de Abril bebé junto a la caja registradora. Recordó la frase que repetía desde hacía años: trabajar por algo propio. Y entendió, con una claridad que le dio vergüenza, que ya no estaba trabajando por aquel sueño. Estaba defendiendo la imagen que tenía de sí mismo: el hombre que no se rinde, el que sostiene, el que no fracasa. Para proteger esa imagen había empezado a perder exactamente lo que decía estar cuidando.
No cerró ese día. Tampoco al siguiente. Le llevó dos semanas llamar al dueño del local, vender la poca mercadería que quedaba y avisarles a los vecinos. Algunos le dijeron que era una pena; otros fingieron sorpresa, aunque hacía tiempo que veían el local vacío. Marina no celebró ni reprochó. Sólo se sentó con él en la cocina y ordenaron papeles hasta la madrugada. Tenían deudas, tenían que mudarse a un departamento más chico y Julián necesitaba conseguir trabajo. Nada se resolvió mágicamente cuando bajó la persiana por última vez. Pero esa tarde llegó temprano a casa. Abril estaba en la mesa, preparando otra exposición para la escuela. Él dejó la campera, se sentó frente a ella y preguntó si podía escucharla ensayar.
Hace tiempo escuché una historia parecida y me quedó grabada una imagen: un hombre con las manos cansadas empujando una puerta que no se abría, sin advertir que detrás suyo había otras puertas cerrándose. A veces el error no es haber elegido mal una vez. A veces el verdadero costo empieza cuando, por orgullo, miedo o culpa, seguimos empujando mucho después de saber que esa puerta ya no lleva a ningún lado.