A los treinta y nueve años, Lucía tenía una fotografía que usaba cada tanto en las redes: estaba de pie junto a una ventana enorme, con la ciudad encendida detrás, una copa de vino en la mano y una sonrisa tranquila. La imagen había sido tomada la noche en que estrenó su departamento, en un piso alto de un edificio nuevo. Sus amigos comentaron que era hermoso. Sus compañeros de trabajo dijeron que se lo merecía. Su madre la imprimió y la dejó apoyada sobre un mueble del living.

Lucía miraba esa foto algunas noches, mientras comía algo recalentado frente a la mesada de mármol. Le sorprendía que la mujer de la imagen pareciera conocer exactamente el rumbo de su vida. Ella, en cambio, solía llegar después de las diez, dejar los zapatos en cualquier rincón y encender la televisión sólo para que hubiera una voz en la casa. Trabajaba en una consultora grande, había ascendido tres veces en seis años y dirigía a un equipo de veinte personas. Cada ascenso venía acompañado de felicitaciones, cenas, algún regalo corporativo y una sensación de alivio que duraba poco. A los pocos días, empezaba a mirar el siguiente escalón.

No era que odiara su trabajo. Había cosas que hacía bien y, de vez en cuando, disfrutaba resolver un problema difícil. Pero había aprendido a decir que sí antes de preguntarse si quería hacerlo. Sí al viaje de último momento. Sí a la presentación un domingo. Sí a la reunión con gente a la que no conocía y que probablemente no volvería a ver. Sí al proyecto que no le correspondía, porque alguien debía demostrar compromiso. Cada vez que dudaba, aparecía una frase que había escuchado desde joven: “No desaproveches la oportunidad”. Con el tiempo, Lucía había empezado a tratar cualquier pausa como si fuera una oportunidad desperdiciada.

Los sábados, cuando no tenía reuniones ni vuelos, dormía hasta tarde y despertaba con una especie de cansancio sin nombre. Una mañana recibió un mensaje de su hermano: su sobrina Emma cumplía ocho años y quería que fuera a verla tocar el violín en una muestra de la escuela. Lucía contestó que iba a intentar llegar. Esa misma tarde, un director de la consultora la llamó para pedirle que acompañara a unos clientes a cenar. Era importante, le dijo. Podía abrirle muchas puertas.

Lucía fue a la cena. Se sentó entre dos hombres que hablaban de fusiones, colegios privados y departamentos de veraneo. Uno de ellos le preguntó si pensaba comprar una casa fuera de la ciudad. Otro le dijo que, con su trayectoria, pronto podría acceder a un cargo regional. Lucía sonrió, hizo preguntas, levantó la copa cuando correspondía. A las once y media miró el teléfono: tenía tres mensajes de su hermano. En el último había un video de Emma, muy seria, tocando una melodía corta frente a otras familias. El violín le temblaba un poco. Al final, la nena buscó algo entre el público y su expresión se apagó apenas.

Dos días después, Lucía fue a cenar a la casa de su hermano para disculparse. Emma ya estaba en piyama, pero salió a saludarla. Lucía le llevó una caja con marcadores profesionales y un cuaderno de tapas duras. La nena agradeció, aunque no parecía demasiado impresionada. Mientras los adultos levantaban la mesa, Emma se sentó cerca de su tía y le preguntó si su trabajo era muy importante. Lucía respondió que sí, que tenía muchas responsabilidades. Emma asintió con seriedad y, después de pensar un momento, preguntó: “¿Y te deja hacer las cosas que te gustan?”.

Lucía quiso contestar rápido, como hacen los adultos cuando una pregunta sencilla toca un lugar incómodo. Pero no encontró una respuesta que no sonara ensayada. Dijo que a veces sí. Emma siguió dibujando. En la hoja apareció un edificio alto, de muchas ventanas. Arriba, casi en el borde, dibujó una mujer diminuta. Abajo había una plaza con gente, perros y un puesto de flores. “¿Cuál sos vos?”, preguntó Lucía, señalando el dibujo. Emma apuntó a la mujer de arriba. “La de la torre. Pero parece que no baja nunca.”

Durante varias semanas, Lucía no hizo cambios grandes. Siguió yendo a la oficina, siguió respondiendo correos de madrugada y siguió asistiendo a compromisos que le daban prestigio. Pero empezó a notar el precio de algunas cosas que antes llamaba éxito. Notó que no conocía a sus vecinos, que la planta del balcón estaba seca, que no recordaba la última vez que había cocinado para alguien. Notó, sobre todo, que cada logro le exigía una prueba nueva. No había un momento en que la vida, por fin, pudiera empezar.

Un jueves, su jefe le ofreció liderar la oficina de otra ciudad. Era el puesto que muchos en la empresa imaginaban para ella. Implicaba más dinero, más visibilidad y viajes constantes. Lucía pidió un día para pensarlo. Esa noche canceló una cena de trabajo y pasó por la escuela de música donde iba Emma. Se quedó en la vereda hasta que terminó la clase. La nena salió cargando el violín y le contó, sin que nadie se lo preguntara, que había aprendido una canción nueva. Después caminaron hasta una heladería. Lucía pidió crema americana, un gusto que no elegía desde hacía años porque le parecía infantil.

No aceptó el cargo. Tampoco renunció de inmediato ni anunció una transformación espectacular. Negoció menos viajes, dejó de presentarse para tareas que no quería hacer y empezó a salir de la oficina a una hora razonable dos veces por semana. Sus colegas lo interpretaron de distintas maneras. Algunos creyeron que había perdido ambición. Otros supusieron que estaba preparando un cambio más grande. A Lucía le costó soportar esa incertidumbre. Había vivido mucho tiempo pendiente de que los demás pudieran explicar sus decisiones con admiración.

Meses después, invitó a su hermano, a Emma y a dos amigas a comer al departamento. No era una ocasión especial. La mesa no parecía una foto de revista: había una fuente despareja, servilletas distintas y una salsa que se enfrió antes de tiempo. Emma recorrió la casa, regó la planta nueva del balcón y después miró a Lucía con una atención casi adulta. “Ahora sí bajás de la torre”, dijo. Lucía se rió, pero sintió que algo se acomodaba por dentro. No había encontrado una vida perfecta ni había dejado de querer hacer bien su trabajo. Sólo había empezado a preguntarse, antes de cada sí, si aquello le acercaba a una vida que quisiera habitar.

He visto a muchas personas perseguir con enorme disciplina una imagen que, una vez alcanzada, no saben cómo disfrutar. El éxito que se muestra desde afuera puede ser impecable. El que se vive, en cambio, necesita tiempo, presencia y una puerta que uno tenga ganas de abrir al volver a casa.