A las ocho y doce de cada mañana, Elena atravesaba el molinete de vidrio de la consultora con un café tibio en una mano y el teléfono en la otra. Tenía cuarenta y seis años, era jefa de proyectos y llevaba dieciocho trabajando entre planillas, reuniones y presentaciones para empresas que cambiaban de nombre con una frecuencia mayor que sus objetivos. Desde afuera, su vida parecía ordenada: un puesto de responsabilidad, dos personas a cargo, obra social, vacaciones pagas y un sueldo que le permitía no mirar demasiado los precios en el supermercado. Sin embargo, hacía meses que llegaba a la oficina con la sensación de haber dejado algo importante del otro lado de la puerta.

No era que trabajara más que antes. De hecho, cuando sus hijos eran chicos dormía poco, viajaba en colectivo durante horas y volvía a casa para resolver cenas, cuadernos y resfríos. Aquellos años habían sido agotadores, pero Elena los recordaba de otra manera. Entonces podía pasar una noche entera terminando un informe y, aun así, sentir que estaba construyendo algo: su experiencia, cierta independencia, una casa más tranquila para su familia. Ahora, en cambio, salía de la oficina sin fuerzas después de jornadas que, en los papeles, no parecían extraordinarias.

El lunes en que todo empezó a hacerse evidente, su director reunió al equipo para anunciar un proyecto urgente. Una cadena de supermercados quería mejorar la venta de productos innecesarios en barrios donde muchas familias ya compraban lo justo. Había que diseñar una estrategia de promociones, mensajes y distribución. El director habló de desafío, crecimiento y visibilidad. Los demás tomaron notas. Elena también. Pero mientras escribía fechas y tareas, se descubrió pensando en su madre, que esa misma semana había empezado a recortar remedios para que le alcanzara la jubilación.

—Necesito que esto sea impecable —dijo el director, mirando a Elena—. Quiero que lo lideres vos.

Ella asintió por costumbre. Lo hizo con la misma eficacia con la que respondía correos a las once de la noche y postergaba turnos médicos para “cuando aflojara”. Al salir de la reunión, su compañero Tomás le dio una palmada en el hombro.

—Felicitaciones. Esto te puede abrir una puerta enorme.

Elena sonrió, pero no preguntó cuál. Hacía tiempo que las puertas que se abrían en la empresa conducían a salas más grandes, reuniones más largas y problemas que no le importaban. Esa tarde volvió a su casa con dolor de cabeza. Su hija menor, que estudiaba diseño, le mostró unos afiches que había hecho para una cooperativa del barrio. Eran simples, coloridos, y anunciaban una feria de productores locales. Elena los miró detenidamente. No entendía demasiado de diseño, pero sintió una envidia inesperada: esos afiches servían para que alguien vendiera sus mermeladas, sus verduras, su trabajo.

—¿Te gustan? —preguntó la chica.

—Sí. Se nota que te importan.

La hija levantó la vista, como si aquella frase escondiera otra pregunta.

Durante las semanas siguientes, Elena trabajó con una precisión casi automática. Coordinó equipos, corrigió presupuestos, sostuvo discusiones sobre porcentajes y logró que la campaña saliera antes de la fecha prevista. Todos la felicitaron. El director le mandó un mensaje un sábado por la mañana: “Excelente trabajo. Sos clave”. Elena lo leyó desde la cocina, mientras una olla hervía detrás suyo. Sintió un cansancio tan pesado que tuvo que sentarse. No lloró. Ni siquiera estaba triste de una manera clara. Sólo tuvo la certeza de que había gastado lo mejor de sí —la atención, la inteligencia, la paciencia que ya no llevaba a su casa— para convencer a personas con poco dinero de comprar cosas que no necesitaban.

Unos días después pidió hablar con Recursos Humanos. No fue a renunciar, como imaginaron algunos compañeros cuando la vieron entrar con un sobre bajo el brazo. Elena sabía que no podía darse el lujo de saltar al vacío por una revelación de martes. Pidió otra cosa: dejar la dirección comercial y pasar, si era posible, al área de proyectos institucionales, donde la consultora asesoraba a organizaciones sociales y municipios. El cambio implicaba menos exposición, menos bonos y, probablemente, una oficina más chica. Recursos Humanos le advirtió que podía ser una mala decisión para su carrera. Elena escuchó sin discutir. Luego preguntó cuánto tardarían en darle una respuesta.

La respuesta tardó tres semanas. Fueron tres semanas incómodas, porque el proyecto nuevo ya tenía a otra persona asignada y porque su director dejó de incluirla en ciertas conversaciones. También fueron tres semanas en las que Elena empezó a hacer algo que había abandonado: salir de la oficina a horario dos veces por semana. Al principio se sentía culpable. Miraba el reloj, revisaba el teléfono en el colectivo y suponía que alguien descubriría que no estaba disponible. Nadie lo hizo. Una tarde acompañó a su madre al médico. Otra fue a la feria del barrio y compró un frasco de mermelada a una mujer que conocía por los afiches de su hija. Volvió con una bolsa pequeña y una sensación extraña: no había resuelto su vida, pero había recuperado una hora que creía perdida.

Finalmente, la consultora aceptó su pedido. No hubo aplausos ni una escena luminosa. Su escritorio siguió siendo gris y las reuniones siguieron existiendo. Hubo días en que Elena dudó, sobre todo cuando llegó el primer recibo de sueldo más bajo. Pero también hubo una mañana en que presentó un plan para mejorar el acceso a trámites de salud en varios centros barriales. Al terminar, una trabajadora social se acercó para agradecerle que hubiera explicado todo sin lenguaje técnico. Elena guardó la computadora, salió a la calle y descubrió que no estaba menos cansada que otros días. Había trabajado mucho. La diferencia era que el cansancio no le pesaba igual.

Hace tiempo escuché a alguien decir que el cuerpo no siempre protesta por las horas que uno trabaja, sino por las horas que entrega sin reconocerse en ellas. Elena no encontró un empleo perfecto ni dejó de tener cuentas, responsabilidades y semanas difíciles. Sólo dejó de llamar estabilidad a quedarse inmóvil en un lugar que le estaba vaciando los días. Y entendió, un poco tarde pero todavía a tiempo, que las mejores horas de una vida merecen algo más que ser ocupadas: merecen tener destino.