Lucía guardaba el cuaderno de tapas azules en el cajón más alto del escritorio. No era un cuaderno cualquiera: ahí estaban los apellidos de tres generaciones, el plano de un pueblo imaginario, la cronología de una inundación ocurrida en 1958 y hasta una lista de árboles que podían crecer junto al río donde transcurriría su novela. Había recortes de diarios viejos, fotografías de estaciones de tren, frases copiadas de libros ajenos y hojas enteras dedicadas a decidir si la protagonista debía tener veintisiete o treinta y dos años. Lo único que faltaba era la primera escena.
A los cuarenta y seis años, Lucía trabajaba en una escribanía de lunes a viernes. Sabía redactar cartas difíciles, ordenar documentos confusos y encontrar errores minúsculos en contratos de muchas páginas. Sus compañeros le decían que tenía una paciencia extraordinaria. Ella sonreía, aunque a veces pensaba que no era paciencia: era la necesidad de no dejar ninguna puerta mal cerrada. Por las noches, después de cenar, abría el cuaderno azul, revisaba una fecha, corregía una flecha en el árbol familiar y volvía a guardarlo. “Todavía necesito entender mejor el contexto”, decía cuando alguien le preguntaba por su novela.
Su hermano Martín dejó de preguntarle. Había sido el primero en leer unas páginas que Lucía escribió a los treinta y cuatro, una escena breve sobre una mujer que esperaba un tren bajo una tormenta. “Quiero leer el resto”, le había dicho entonces. Lucía respondió que ese texto ya no servía, que había descubierto un problema grave en la estructura. Años después, Martín publicó por su cuenta un pequeño libro de crónicas sobre el barrio donde habían crecido. No tuvo reseñas ni entrevistas. Vendió pocos ejemplares en una feria local y regaló muchos más. Lucía lo felicitó con entusiasmo, pero aquella noche tardó horas en dormirse. No envidiaba el libro de Martín. Envidiaba algo más simple: que él hubiera aceptado terminarlo.
El cuaderno azul empezó a pesarle de verdad el día en que murió Elsa, una profesora jubilada que vivía en el departamento de enfrente. Elsa tenía ochenta y un años y solía tocar timbre para pedir prestado azúcar, una lámpara o ayuda con el teléfono. Había sido lectora voraz, de esas que subrayan los márgenes y discuten con los autores como si fueran vecinos. Durante meses le preguntó a Lucía por la novela. “Cuando la termines, no me la resumas. Vení a leérmela”, le decía. Lucía siempre contestaba que todavía no estaba lista. Después del velorio, la hija de Elsa repartió algunas plantas y libros entre los vecinos. A Lucía le tocó una edición gastada de cuentos de Katherine Mansfield. Dentro encontró un papel doblado, escrito con la letra inclinada de Elsa: “No esperes a que te guste la primera versión. A nadie le gusta la primera versión. Ni siquiera a la primera versión”.
Esa misma semana, la escribanía atravesó una mudanza. Durante dos días no hubo sistema, los expedientes estaban en cajas y nadie podía trabajar como de costumbre. Lucía se llevó la computadora a casa con la idea de aprovechar el desorden para avanzar en sus notas. Se sentó frente a la pantalla un martes lluvioso, abrió un documento en blanco y escribió el título. Lo miró durante casi veinte minutos. Después cambió el nombre de la protagonista, volvió a cambiarlo y cerró el archivo sin guardar. Sintió vergüenza, como si alguien la hubiera descubierto haciendo algo torpe.
Al día siguiente, Martín pasó a buscarla para almorzar. Lucía le mostró el papel de Elsa y, sin saber bien por qué, le confesó que no podía empezar. Martín no se rio ni le dio ánimo de una manera solemne. Sólo revolvió el café y dijo: “Vos hablás de la novela como si tuvieras que entregarla en una ceremonia. Pero nadie te está esperando con una campana y un jurado. Escribí una escena mala. Una sola. Después, si querés, la escondés en ese cajón”. Lucía quiso responder que no entendía, que una novela requería método, que había que respetar el proceso. Pero se quedó callada porque había preparado tantas veces esa defensa que ya no le sonaba convincente ni a ella.
Esa noche escribió la escena del tren. No la versión que había conservado durante doce años, sino otra. La mujer no esperaba bajo una tormenta: perdía el tren porque se detenía a atarse un zapato frente a la estación. Lucía escribió que el cordón se le había enredado entre los dedos, que escuchó el silbato demasiado tarde y que, cuando levantó la vista, vio alejarse los últimos vagones. Escribió dos páginas y media. Había frases torpes, repeticiones, un diálogo que parecía dicho por actores de radio. Cuando terminó, no sintió alivio ni entusiasmo. Sintió miedo. Por primera vez, la novela ya podía fracasar de verdad.
Durante los meses siguientes no se convirtió en una escritora disciplinada ni luminosa. Hubo semanas enteras en las que no abrió el archivo. Hubo noches en las que corrigió una coma durante media hora para no avanzar. Pero empezó a reconocer esa maniobra: no era amor por el detalle, sino pánico disfrazado de exigencia. Entonces se imponía una regla pequeña: antes de corregir, debía escribir cinco líneas nuevas. Algunas noches salían cinco. Otras, doscientas. El cuaderno azul siguió en el cajón, aunque cada vez lo consultaba menos. Descubrió que sus personajes hacían cosas que no figuraban en sus planes y que el pueblo imaginario tenía calles que jamás había dibujado.
Un año después, Lucía imprimió ciento setenta y tres páginas y se las llevó a Martín en una carpeta amarilla. No dijo que estaba terminada. Tampoco dijo que era buena. Le pidió que la leyera y que señalara todo lo que no funcionara. Martín tomó la carpeta con cuidado, como si le entregaran algo frágil, pero antes de abrirla preguntó: “¿Y el cuaderno azul?”. Lucía miró hacia la ventana. “Está en casa”, contestó. “Pero ya no es el lugar donde vive la novela”.
Hace tiempo escuché que las postergaciones más persistentes no siempre se anuncian como cobardía. A veces llegan bien vestidas: se llaman preparación, condiciones adecuadas, un poco más de tiempo. Lucía no dejó de tener miedo cuando escribió aquella primera escena. Lo que cambió fue otra cosa: dejó de pedirle al miedo permiso para empezar.