Ramiro había cerrado su imprenta hacía ya cuatro años, pero conservaba los reflejos del oficio. Se despertaba antes de las siete, revisaba el teléfono mientras calentaba el agua para el mate y empezaba el día leyendo mensajes que casi nunca traían buenas noticias: una pérdida de agua en el edificio, una queja de un vecino, el resumen de la tarjeta, una foto borrosa de una factura que su hijo le pedía que mirara. Aunque ya no tenía empleados ni máquinas que reparar, seguía viviendo con la sensación de que alguien, en algún lugar, esperaba que él resolviera algo de inmediato.
Su mujer, Elena, solía observarlo desde la mesa de la cocina. No le discutía. Sólo decía, con una calma que a Ramiro a veces le parecía provocadora: «No todo lo que suena necesita que corras». Él sonreía, sin dejar de mirar la pantalla. Había pasado cuarenta años entre pedidos con fechas imposibles, clientes furiosos y proveedores que prometían papel para el lunes y aparecían el jueves. La prisa le había dado de comer. También le había ido ocupando el cuerpo, como una costumbre que no se retira cuando termina el trabajo.
Un martes de septiembre recibió un mensaje de Vera, su nieta de quince años. Le mandaba la foto de una invitación hecha a mano, con letras violetas y un sol dibujado en una esquina. Esa tarde presentaría, junto con dos compañeras, un proyecto de radio escolar en el centro cultural del barrio. «¿Venís, abuelo? Empieza a las seis. No tenés que llevar nada», decía el mensaje. Ramiro respondió enseguida que sí. Incluso puso una alarma en el teléfono.
A las cinco y veinte lo llamó el administrador del edificio. Había una mancha de humedad en el techo del departamento de la señora Balestri, una mujer que llamaba a Ramiro cada vez que se le aflojaba una canilla. Él era tesorero del consorcio desde que se había jubilado, un cargo que había aceptado porque le pareció sensato mantener la cabeza ocupada. El administrador dijo que necesitaban revisar el origen de la filtración antes de que llegara un plomero. Ramiro miró la alarma de las seis, calculó el tiempo, y se dijo que sería un momento.
Cuando llegó, la señora Balestri lo esperaba con un balde debajo de una gotera mínima. Había humedad, sí, pero no una inundación. El administrador tardó en aparecer. El plomero no atendía. Un vecino aprovechó para preguntarle por la pintura del pasillo y otro quiso hablarle de unas expensas atrasadas. Ramiro atendió llamadas, mandó audios, buscó el reglamento del edificio en una carpeta vieja. A las seis y cuarto recordó la radio escolar. A las seis y cuarenta vio otro mensaje de Vera: una foto del escenario, tres micrófonos y sillas ocupadas por padres y abuelos. Debajo, ella había escrito: «Ya arrancamos».
No fue. Se dijo que Vera entendería, que era grande, que habría otras presentaciones. Cuando volvió a su casa, casi a las ocho, Elena estaba lavando dos tazas. Le preguntó cómo había salido lo de la humedad. Ramiro le explicó que era una pérdida del caño común y que al día siguiente habría que abrir una parte del techo. Elena lo escuchó sin interrumpirlo. Después preguntó por la presentación de Vera. Él bajó la vista hacia el teléfono. La última foto mostraba a su nieta con las compañeras, sosteniendo un diploma. Sonreía, pero Ramiro notó que en una esquina de la imagen estaba el padre de Vera, solo, con el celular levantado para grabar.
Llamó a su nieta. Vera atendió con esa mezcla de entusiasmo y cansancio de quien acaba de hacer algo que le importaba mucho. Le contó que el proyecto había ganado una mención y que tal vez la radio siguiera el año siguiente. Ramiro la felicitó, pidió disculpas y empezó a explicar lo de la pérdida, el plomero, el edificio. Vera lo dejó hablar. Cuando terminó, dijo: «No pasa nada, abuelo. Era sólo una presentación». Esa frase, dicha sin reproche, le dejó un peso extraño. Ramiro entendió que para ella quizá hubiera sido sólo una presentación. Pero también entendió que él había convertido una gotera en una obligación más importante que estar sentado una hora escuchando la voz de su nieta.
Durante años vi a personas como Ramiro defender urgencias que, vistas desde lejos, no tenían el tamaño que les habían dado en el momento. No se trata de despreciar los problemas ni de abandonar responsabilidades. Se trata de aprender que hay asuntos que hacen ruido porque insisten, no porque sean esenciales. Una humedad debe arreglarse. Una factura debe pagarse. Pero no todo debe ocupar el mismo lugar que una despedida, una conversación esperada o alguien que mira hacia la puerta buscándonos entre la gente.
Al día siguiente, a las nueve de la mañana, el administrador volvió a llamarlo. Ramiro dejó sonar el teléfono una vez, dos veces, tres veces. Estaba en la cocina, preparando una caja con medialunas. Había averiguado dónde quedaba la escuela de Vera y sabía que ella entraba a las diez. Cuando Elena le preguntó si no iba a atender, él se acomodó la campera y tomó las llaves. «Después veo lo del techo», dijo. «Ahora tengo que felicitar a una locutora». La pérdida seguía allí cuando volvió, por supuesto. Pero no había crecido por esperar una hora. Y Ramiro, que tantas veces había llegado a tiempo a cosas que luego olvidaba, esa mañana llegó tarde a la escuela, aunque no demasiado tarde para escuchar a Vera contarle, sin apuro, cómo había sido su día.